Querido lector, el otro día se me acercó una mujer al confesionario para pedirme que fuera a dar la unción a su madre, que, muy malita, estaba en cama viviendo sus últimos días en casa. Allí me planté en seguida con los óleos y el ritual en la mano, para rezar con la buena mujer y su familia. Siempre me pongo nervioso antes de las unciones, no son muchas las que he dado desde que soy cura. Y siempre salgo, al acabar, impresionado y edificado por el testimonio de fe que me dan los enfermos. Te cuento.