Siempre me ha llamado mucho la atención el detalle del pasaje del Evangelio de Pentecostés que nos dice que los discípulos estaban todos juntos reunidos con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Aún así Jesucristo entra (Él puede romper los cerrojos más duros que nos empeñemos en ponerle) y les da el Espíritu. Ahí se acabó el miedo, se acabaron las puertas cerradas y se empezó a vivir la verdadera unidad, de la que tanto tenemos que aprender nosotros. ¡No hay que confundir en la Iglesia la unidad con hacer un gueto!
