miércoles, 4 de febrero de 2015

¡Hagamos una revolución!

Querido lector, leyendo el título del post no creas que ha brotado en mi cabeza el pensamiento del Che Guevara, ni la sangre de Fidel ha empezado a correr por mis venas, ni estoy pensando en tomar la Bastilla y llenar las calles de barricadas y neumáticos... Mis ideas no van por ahí, pero si, creo que debemos vivir en una permanente revolución, y de las de verdad.

Vivimos rodeados de personas que están en permanente queja y descontento, sometidos a la frustración continua que genera poner el corazón en cosas que no lo pueden llenar, inmersos en la pena de no tener respuesta al deseo de belleza y grandeza que reclama el hecho de ser personas. En occidente hoy la gente no se muere de hambre, se muere de tristeza. Dramático.


Y frente a esta tristeza, hoy no puede haber mayor revolución que la de la alegría. El cristiano está llamado siempre a poner lo que falta al mundo que le rodea, con la dificultad de que el mundo que le rodea tratará de imponerle aquello que es causa de su propia carencia. La queja, la frustración, la amargura se contagian deprisa. Hay muchas personas que, sin saberlo, tienen alma de "dementores", y van acabando con la alegría allá por donde pasan. Frente a esto, estamos llamados a invertir el pesimismo, a poner esperanza, a llevar alegría. Creo que aquello de ser sal y luz va por ahí.

Las revoluciones de verdad no son las que dejan muerte, destrucción y rotura allá por donde pasan sino que generan vida, belleza, unidad y alegría en las personas. Los auténticos revolucionarios no son las que no van sembrando odio ideológico y crispando al personal sino poniendo Amor del que se escribe con mayúsculas y paz donde no la hay, siempre y frente a toda adversidad.

No se trata de llenar plazas y calles de banderas y proclamas mejor o peor rimadas sino de llenar corazones, empezando por los que tenemos más cerca en nuestro día a día. No se trata de aclamar y endiosar al mesías de turno que nunca podrá salvar nuestros anhelos más hondos, sino de poner en el centro al Único que jamás puede caérsenos y fallarnos. Dios es la pieza del puzzle que hace que todo tenga sentido.

Me dirás, querido amigo, que a estos revolucionarios no se les ve tanto. Es posible. Una Hija de la Caridad de Valdemoro me recuerda siempre que "el ruido no hace bien, y el bien no hace ruido". ¡Qué razón lleva! Yo añado que todo ese bien que se hace, sembrado queda, aunque a veces no se vea. Que desde lo poco se cambia lo mucho, que allá donde hay uno de estos revolucionarios (en el Nuevo Testamento se les llama "santos", por cierto) todo es más bello, todo es mejor, da gusto estar. Y lo mejor de todo es que esto no es una utopía. ¡Es posible! La historia está llana de ejemplos. Yo quiero vivir así. 

Hasta otra entrada, amigo lector, feliz día tengas y Dios te bendiga.

@PatxiBronchalo

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